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EDITORIAL

Días aciagos

Sobreaviso

RENÉ DELGADO
sábado 04 de julio 2020, actualizada 7:45 am


La epidemia no llega al pico ni la economía toca fondo y la nueva anormalidad pone los pelos de punta, mientras el crimen desafía al Estado, el federalismo se deshilvana, la polarización deriva a un profundo desencuentro y la visita presidencial a Donald Trump exhibe el grado de debilidad en que nos encontramos.

Una crisis de crisis o una ruptura sin cambio toca a la puerta e, increíblemente, hay quienes le quieren abrir. Lo que sea que suene, así sea un estallido, parece decir más de uno. Días aciagos y de dolor vive el país.

Es hora de asumir responsabilidades en serio, no de repartir culpas a granel; de atemperar modos, no de inventariar insultos recibidos y propinados; de tender puentes, no de dinamitarlos... De no entenderlo, no se transformará nada, sólo se permanecerá en el mismo lugar o retrocederá.

No vamos bien y, de no corregir, podemos ir peor.

***

Si no se quiere agregar un capítulo negro más a nuestra historia -aquellos que sangraron y dividieron al país, dejándolo dar tumbos por décadas-, no es hora de reclamar si se está con o contra la administración.

Podrá tentar esa idea al presidente López Obrador y a más de un opositor, pero insistir en formar fila en uno u otro bando y practicar la política del ojo por ojo y diente por diente terminará, como se dice, por dejar ciego y desdentado al país. No es momento de ponerse el cuchillo entre los dientes y salir a buscar a ver quién la paga, tampoco de frotarse las manos ante los restos de un posible naufragio y menos de meter la cabeza en un agujero o lanzar cacayacas mientras el país se desmadeja, para después decir: ni cuenta me di o se los dije.

Así, ni los pobres serán primero ni el resto después, sencillamente el país saldrá lastimado de nuevo. De ahí, la urgencia de ver qué se puede hacer juntos, pese a las diferencias.

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Una vez más, el país ha caído en una espiral de problemas que en su vértigo oculta el tamaño del peligro en ciernes. A diario algún suceso negro lo sacude y, en ese acontecer, se pierde la dimensión de cuanto ocurre y, en el fuego cruzado de descalificaciones, ninguna lección se desprende.

El atentado que dejó herido al secretario de Seguridad de la capital de la República constituyó, sí, una osadía, pero también un fracaso del Cártel Jalisco Nueva Generación, al cual se atribuye el crimen. Pese a la reiteración de la amenaza, ese grupo criminal supuestamente organizado, numeroso y bien armado falló y, aparte de falta de profesionalismo, dejó ver algo interesante.

Ahí, donde el crimen no se ha engullido al cuerpo policial y donde hay mando único, así como relativo equipamiento, inteligencia, tecnología, profesionalismo y espíritu de cuerpo, cometer un magnicidio o perpetrar una masacre no es tan fácil.

Sin descartar la traición de algunos elementos, la policía capitalina mostró capacidad de reacción no antes, pero sí durante y después del atentado. El rescate del secretario, así como la captura posterior de un buen número de atacantes habla de cierto resorte policial.

Convendría, entonces, retomar el debate de la depuración, reestructura, capacitación y profesionalización de las policías estatales y municipales, así como de la coordinación entre las policías preventivas y ministeriales. Es mejor eso que oír la queja sobre la politización y militarización de la seguridad y el revire presidencial acusando hipocresía ante el problema.

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Si las diferencias en torno a las políticas relacionadas con las participaciones federales a los estados, la salud, la educación, la energía no contaminante advertían y advierten el peligro de la balcanización de la República, la manifiesta crítica del gobernador de Michoacán, Silvano Aureoles, a la postura presidencial ante Donald Trump habla de una rebeldía que puede llevar al desvertebramiento de la relación entre la Federación y los estados.

Desde luego, es difícil darle credibilidad al súbito arrebato de dignidad y soberanía de ese mandatario que, al final de su sexenio, se interesa por la gubernatura, pero no deja de asombrar la brutal descalificación hecha del presidente López Obrador.

Ese pronunciamiento más que significar lo que dice, expresa el hartazgo de la relación de un grupo de gobernadores con el Ejecutivo. Más valdría reconstruir el tramado de esa relación, antes de ver su deshilvanamiento.

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Dado el instinto político del presidente López Obrador es imposible pensar que desconoce el tamaño del error supuesto en la visita que, a cuatro meses de las elecciones en Estados Unidos, realizará a su homólogo Donald Trump.

Si el mandatario no lo sabía, se lo han hecho saber tanto de éste como del otro lado de la frontera y, sin duda, sabe también del agravio político que cometerá a los demócratas y, en particular, a Joe Biden, así como a los indocumentados, "los héroes vivientes" a los que frecuentemente ensalza y ahora da la espalda.

Sabiendo el tamaño del error, la visita no puede entenderse sino como una muestra de debilidad frente al presidente Donald Trump, sí, por la innegable relación asimétrica con Estados Unidos, pero también por tanto doblarse, ampararse o recargarse en tan siniestro personaje, con tal de no contrariarlo o de sostener el proyecto al que se aferra el Ejecutivo mexicano.

Si, en verdad, sólo de celebrar la puesta en marcha del acuerdo comercial con Estados Unidos y Canadá se tratara, mejor sería generar condiciones de confianza a la inversión porque, el Tratado, por sí solo, no las va a atraer.

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Hablar de sensatez, acuerdo y equilibrio no está bien visto estos días en que cada uno afila los cuchillos y pide reivindicar a ciegas su causa, pero cuando se va a ciegas, casi nunca nadie llega a donde quiere ir. Días aciagos vive el país.

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