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EDITORIAL

La auténtica transformación pendiente

JULIO FAESLER
sábado 04 de julio 2020, actualizada 4:30 am


La época que vivimos es singular. Convergen en ella tres crisis que tendrán solución si las manejamos bien. De otra manera ellas nos condenarán a un futuro que, en el mejor de los casos, será una simple continuación de las pobres vivencias que hemos conocido.

Antes de todo está la crisis que nos ha planteado la pandemia del coronavirus. Ella nos obliga a revisar las medidas tanto públicas como personales que hemos aplicado para detener sus efectos y salir de él. Las acciones tomadas por el gobierno no lo han resuelto y han sido inadecuadas. El magno reto sigue creciendo. Esto no es necesariamente culpa atribuible a nuestro país. Hay otros gobiernos que no manejaron atinadamente la pandemia que aumenta como Estados Unidos y Brasil. Otros, como países europeos o del sudeste asiático, Nueva Zelanda y Australia, que tomaron las medidas necesarias a tiempo.

En segundo lugar está la crisis económica y social, agudizado en los últimos años, consistente en que no hemos armado un desarrollo socioeconómico efectivo y equitativo. Se empobrecieron las mayorías que están sin esperanzas de alcanzar los niveles de vida prometidos, que hubieran sido posibles de haberse aprovechado debidamente los amplios recursos con que contamos.

La creciente desigualdad actual, la acumulación de riqueza en pocas manos y la corrupción que los acompaña son el resultado que nos está llevando a manifestaciones de descontento popular que solo se disiparán con mejores condiciones de empleo, salud, educación y seguridad.

Esta situación daña nuestra imagen y prestigio internacional y contradice los atractivos para la inversión extranjera. Así lastrados, cualquier propósito de solución, se hace más difícil para reactivar una economía en declarada recesión. Las perspectivas de desarrollo se vuelven más y más lejanas por el peso de una población desocupada, mal preparada e impaciente.

El renovado tratado internacional que en estos días inauguramos con nuestros dos socios norteamericanos, ha sido presentado como una amplia perspectiva para nuestro comercio exterior que es mayoritariamente negativo con excepción de nuestra relación con Estados Unidos.

El T-MEC es un instrumento que extiende el anterior TLCAN a aspectos antes no especificados vinculándonos más estrechamente a la economía norteamericana, que puede, sí así se entiende, madurar nuestro desarrollo nacional. Los compromisos en materia laboral, por ejemplo, de ser bien aplicados, beneficiarán a la clase trabajadora ya que su propósito es elevar el nivel salarial en el sector automotor al de nuestros dos socios. Pueden, empero, provocar confusiones en las relaciones obrero patronales. De igual manera las exigencias de mayores contenidos "regional" en nuestras manufacturas son un arma de dos filos.

Al reforzar las cadenas de valor agregado el T-MEC integra nuestra planta productiva más a los procesos industriales norteamericanos y remacha nuestra economía al concepto norteamericano del sistema liberal de mercado. Este objetivo está muy bien definido en la cláusula del tratado que sujeta a la aprobación de nuestros dos socios nuestra libertad para suscribir tratados con países que no respondan precisamente a dicho modelo.

En la medida en que superemos el atraso en nuestro desarrollo económico y social, participaremos, en plan de igualdad, en las decisiones internacionales que promueven mejores condiciones de vida para nuestro pueblo a través de la cooperación en materia ambiental, derechos humanos y mejor utilización de recursos naturales.

Pero no aumentaremos nuestro nivel de vida sin un gobierno que encauce programas educativos, económicos de salud y seguridad, desprendiéndose de lastres demagógicos y de politiquería barata. Los urgentes retos exigen alta calidad de gobernanza, con total honestidad y honradez, que al atender necesidades generales unifique a la nación a cumplir las metas superiores que se anuncian.

Más que el país, es el propio gobierno el que requiere transformación. La renovación de conceptos que modernice la acción pública. No se engañe la autoridad creyendo que con programas populeros saldremos adelante. Hay urgencia de medidas serias, con conocimientos y experiencia técnicos e implementación patriótica en lo industrial, financiero y fiscal.

Todo el mundo sí está en honda transformación. Lamentablemente aún no aprendemos la lección y seguimos con conceptos anacrónicas que ni siquiera en el pasado cumplieron su misión. [email protected]

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