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EDITORIAL

La cumbre de saliva desparrabada

JESÚS SILVA-HERZOG
lunes 06 de julio 2020, actualizada 7:51 am


Las voces que se han alzado para advertir los inconvenientes de la visita del presidente de México a los Estados Unidos son elocuentes. En todos los tonos imaginables se ha recomendado la cancelación de ese viaje inoportuno. La carta del embajador Bernardo Sepúlveda al canciller Ebrard es impecable. El festejo del nuevo acuerdo comercial es una ceremonia "irrelevante" que no puede dejar de considerarse como una intervención mexicana en apoyo de la reelección de Trump. Nadie puede imaginar inocencia en ese gesto. Absurda y costosísima apuesta del presidente mexicano. Absurda porque el residente actual de la Casa Blanca ha sido uno de los más furiosos antimexicanos que haya dormido ahí. Absurda también porque parece una apuesta abierta por un candidato que tiene pocas probabilidades de triunfo. Sepúlveda cita las encuestas recientes: todas coinciden en advertir que la reelección de Trump es improbable. Su conducción de la crisis sanitaria, su respuesta a las movilizaciones antirracistas no ha hecho más que profundizar el repudio de sectores cada vez más amplios. Costosísima apuesta porque asume el riesgo de la enemistad de los demócratas. Distanciamiento no solamente con el candidato Biden, sino también con el partido que seguramente controlará el Congreso.

No deja de ser un misterio el que el presidente mexicano insista en que el propósito de su primer viaje al extranjero sea mostrar su gratitud al presidente que más nos ha insultado. Ese es abiertamente el propósito: voy a agradecer el trato respetuoso de Trump hacia nosotros. El nosotros al que se refiere no es, desde luego, el país. Tal vez los presidentes hayan tenido conversaciones razonablemente cordiales por teléfono. Es cierto que el magnate ha elogiado al presidente de México y que este, a su vez, ha trazado un curioso paralelo. Usted, el opulento, yo, el humilde, hemos derrotado a las estructuras del poder tradicional para defender la causa de nuestros pueblos. Pero, más allá de la "química" entre los populistas que en tanto se parecen, el trato público de Trump hacia México ha sido siempre el insulto. Su propia carrera política despega con el antimexicanismo más pedestre

La visita de López Obrador no tiene, hasta el momento, otro propósito que la reunión con el presidente Trump. Se ha rechazado explícitamente la reunión con el otro candidato a la presidencia y no parece que haya encuentros programados con legisladores o medios, esos a quien Trump denomina los "enemigos del pueblo". El motivo de la visita, insiste en su carta Bernardo Sepúlveda, es absurdo. ¿Cómo celebrar la entrada en vigor de un tratado trilateral sin la presencia de los tres mandatarios? ¿Para qué hacerlo si ya entró en vigor? Aunque el primer ministro no viaje a Washington, el presidente mexicano irá. Elige ignorar también el presidente mexicano la deriva abiertamente autoritaria, si no es que fascista del mandatario norteamericano. Cuando los representantes de las democracias en el mundo hacen ascos al estilo de liderazgo militarista y a su provocación racial, el presidente de México se apresura a un encuentro sin cubrebocas. Aparecerán en algún jardín de la Casa Blanca escenificando para el mundo la cumbre de la saliva desparramada.

La conclusión de Sepúlveda es clara: "esa visita afectará negativamente al interés nacional". No encuentro en ningún lugar argumentos para justificar la visita. No encuentro tampoco el reportaje en nuestra prensa que identifique el camino de una decisión tan claramente inconveniente. ¿Qué ruta siguió la ocurrencia mañanera hasta concretarse en la reservación del vuelo? ¿Hay espacios de auténtica reflexión en el círculo presidencial? ¿Hay ámbitos en los que se pondere con rigor la oportunidad y el riesgo que derivan de un lance presidencial? Me temo que, ante la ocurrencia de una mañana, no hay reflexión que cuente. Es imposible el diálogo profesional, la seriedad administrativa cuando toda deliberación es, para el presidente, una prueba de lealtad a su proyecto. ¿Quién es el valiente que se atreve a cuestionar el atinadísimo instinto del presidente? Por eso, más allá del riesgo que corremos en la acción de gracias de López Obrador, contemplamos al Gobierno como la servidumbre de sus ocurrencias.

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