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EDITORIAL

Primero la pobreza

DENISE DRESSER
lunes 06 de julio 2020, actualizada 7:49 am


Amo a México. Amo los murales de Diego Rivera. La selva chiapaneca y el río en Tlacotalpan. La flauta de Horacio Franco. El desierto norteño y el santo olor de la panadería. Algún atardecer en Palenque. El modo de hablar cantadito, ceremonioso, diminutivo. El malecón en Veracruz que es un lento caminar de mujeres sonrientes. El cine de Alfonso Cuarón. Los huevos rancheros y los chilaquiles con pollo. Los libros de Elena Poniatowska. Los manglares de Macuspana. La Biblioteca de México. La poesía de Carlos Pellicer. Cualquier Zócalo, cualquier domingo. Las voz de Eugenia León. El mar en "La Querencia". Los picos coloridos de las piñatas. Las fotografías de Graciela Iturbide. La decencia añorada de Germán Dehesa. Las buganvilias y los alcatraces y los magueyes. La pluma de Fernanda Melchor y Valeria Luiselli. Los mangos con chile parados en un palito de madera. Las mujeres que luchan por los derechos de otras.

Pero no amo la pobreza. Me duele la deuda histórica que tenemos con más de 50 millones de mexicanos olvidados, descuidados. Voté por López Obrador, pensando que buscaría combatir la corrupción de los de arriba y sacar de la miseria a los de abajo. Voté anhelando a un presidente que gobernara también para los pobres y encabezara su reivindicación. Y sí, AMLO reconoce a los desposeídos en el sermón diario donde dice que sus políticas atienden a 70 por ciento de la población, en las lecciones de pobreza virtuosa que imparte con la Constitución Moral, en los programas sociales que ha diseñado, financiado y desplegado a lo largo del país. Las apoyos están fluyendo, las becas se están pagando, los recursos se están dispersando. Hoy la vida de adultos mayores, jóvenes estudiantes, sembradores de árboles frutales y maderables es mejor que ayer. Sin embargo, nada de lo que ha propuesto el presidente indica que será mejor mañana. O en cinco años. O en una generación. Parecería que la llamada "Cuarta Transformación" solo busca paliar y dignificar y romantizar la pobreza, no crear condiciones para acabar con ella.

AMLO exalta a los pobres en el discurso, pero ha sido inconsecuente con ellos en la realidad. Los programas estelares de su Gobierno como "Sembrando Vida", "Jóvenes Construyendo el Futuro" y "Créditos a la Palabra" son insuficientes. Están plagados de irregularidades, subejercicios, cifras inventadas e intenciones trastocadas. Son un alivio temporal y no garantizan la construcción de trampolines de movilidad social. Son medidas demasiado pequeñas ante la enormidad del reto, y con las arcas cada vez más vacías del Estado, no queda claro cómo se financiarán. Pero el problema real de las transferencias directas es otro que va más allá del mal diseño y la mala instrumentación. Revelan las predilecciones de un presidente que no es amigo de los pobres; es amigo de la pobreza. Esa pobreza exaltada, dignificada, romantizada. Esa pobreza que AMLO conoce, ha visto, y le acongoja pero solo pretende paliar. De los pobres será el reino de una transformación que rescatará sus almas, pero no modernizará sus vidas. El bienestar no será material sino espiritual. La prosperidad no será cuantificada por los indicadores del PIB sino por los destellos de felicidad.

Para AMLO, cualquier señal de riqueza es símbolo de corrupción. Cualquier indicador de movilidad es señal de rapacidad. Prioriza el alivio cortoplacista de la pobreza por encima de la creación y mejor redistribución de la riqueza. Rechaza políticas verdaderamente redistributivas como impuestos a los más ricos, a las herencias, a las ganancias de capital. Prioriza el valor moral al valor agregado, las clases populares a las clases medias, los empleos informales de "Sembrando Vida" a los empleos formales de las fábricas y los despachos. A pesar de cuán cruenta es la crisis, desestima el Ingreso Vital, rehúye políticas fiscales para apoyar a 600,000 pequeñas y medianas empresas que quebrarán, y descarta proveer recursos a los trabajadores de la economía informal, obligándolos a regresar a la calle, arriesgándolos a contagiarse. Para los nuevos pobres no hay corrección de rumbo sino catecismo y conformismo, abnegación y pauperización. Ante los embates de la pandemia, el presidente pide comer maíz y frijol, criar animales de patio y portarse bien. Prefiere la pobreza, y mantiene un idilio amoroso con ella desde los fastuosos salones de Palacio Nacional.

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