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EDITORIAL

Morir enfermo debería ser más sencillo

ARNOLDO KRAUS
domingo 17 de octubre 2021, actualizada 8:40 am


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Dentro de mis viejos fólderes de cartón con hojas de papel, amarillentas y carcomidos, compañeros amenazados por las computadoras de metal y pantallas y teclas de materiales inmejorables, si no fuese porque envejecen demasiado rápido, encontré unas ideas añosas obtenidas de una revista médica. El artículo data de 1996. A 25 años de distancia, tanto a pacientes como al personal de salud les hubiese parecido adecuado ser testigos de modificaciones a favor de los enfermos terminales, de personas maltratadas por demencias seniles y de sus familiares cuyos dolores aumentan, con frecuencia, en forma paralela a la supervivencia de una persona casi muerta, un poco viva. A los médicos, lamento escribirlo, les falta interés y deseo de cambiar la cruda realidad de quienes pronto perecerán.

El estudio, objeto del artículo, se llevó a cabo en un hospital estadounidense. Pacientes con cáncer o demencia senil para quienes, salvo acompañarlos y brindar apoyo no había "medicamente" nada que ofrecer debido al avanzado estado de la enfermedad, fueron los sujetos de la investigación. Los hallazgos mostraron que en el 25% de los casos, en ambos grupos, se llevaron a cabo maniobras de resucitación cardiopulmonar; asimismo, cerca del 60% de los pacientes con demencia senil, la mayoría hospitalizados por periodos largos, tenían, al momento de la muerte, tubos de alimentación -la denominaré, por las características de la población, alimentación forzada-. Los autores concluyeron que, "en Estados Unidos es casi imposible morir con dignidad a menos que se trate de una persona pobre".

El estudio invita. Mucho que bordar, mucho por tejer. Hoy en día, la acuciante realidad de los pacientes moribundos, conscientes o no de su situación, es similar a la descrita líneas arriba. La vida en general, la de los enfermos terminales y la de los viejos en particular, sigue medicalizándose: se prescriben fármacos sin sentido, se realizan maniobras y procedimientos innecesarios, y se hospitaliza sin fundamento en "buena parte" de los nosocomios occidentales, sobre todo, donde el dinero del enfermo o de los seguros permite hacerlo.

Prolongar agonías innecesarias es frecuente, en ocasiones por presión familiar, a veces por doctores cuyo repertorio terapéutico les impide pensar en la idoneidad de la muerte y otras veces por la falta de diálogos oportunos acerca de cómo y cuándo podría o debería ser el final de la vida. De ahí una de las conclusiones del estudio: los pobres tienen la posibilidad de morir con dignidad, idea, acoto, no siempre veraz; la falta de apoyo médico cuando se carece de dinero es un problema inmenso para quien sufre y no tiene la posibilidad de paliar dolores o desavenencias propias de la patología.

Sin embargo, de una u otra forma, sin que sea una verdad absoluta, los pobres suelen entregarse y acompañar a los suyos con apegos diferentes a los de las clases adineradas. La última afirmación es una visión personal.

Los fólderes viejos guardan papeles e ideas viejas también. No son "siempre" mejores que los incontables datos que se encuentra en un tris en la red, con frecuencia, información desinformada. Los textos viejos son diferentes: la memoria escrita en papeles amarillentos se lee de otra forma. El artículo de 1996 da cuenta de la medicina de ayer y la de hoy. Poco han cambiado la medicina y los galenos cuando se trata de acompañar a morir y de acelerar el proceso final; idóneo sería acompañar sin sondas de alimentación, sin hospitalizaciones, sin reanimaciones cardiopulmonares innecesarias, sin tubos por doquier, sin medicamentos apilados en el buró y sin recibos en las cajas del hospital.

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